21 de junio de 2016

Dosier de prensa de la obra EL PINTOR DE BATALLAS














Carteles e información técnica de la obra de teatro que adapta la novela EL PINTOR DE BATALLAS





Intérpretes: JORDI REBELLÓN Y ALBERTO JIMÉNEZ
Dramaturgia y dirección: ANTONIO ÁLAMO
Espacio escénico: CURT ALLEN WILMER
El pintor del mural: ÁNGEL HARO
Iluminación: MIGUEL ÁNGEL CAMACHO
Vestuario: MIGUEL ÁNGEL MILÁN
Dirección de producción: GINA AGUIAR
Distribución: EMILIA YAGÜE

LA ÚLTIMA FOTO
Arturo Pérez Reverte, que fue reportero de guerra durante 21 años cubriendo, entre otras, la guerra de Bosnia y, en concreto, el asedio de Vukovar por los serbios, publica “El pintor de batallas” en el año 2006, una de sus novelas más intensas que, al igual que en “Territorio comanche”, se nutre de la vivencia en primera persona de los conflictos bélicos que cubrió en su labor como periodista. La concentración espacial y de caracteres de esta narración la convierten en carne de cañón del teatro. No es solo una obra sobre las guerras sino que un abanico de temas interconectados --la pintura y la fotografía, la experiencia y su recuerdo, el silenciado dolor de las víctimas y sus impasibles testigos, víctimas y verdugos, el amor y su pérdida o las complejas y matemáticas combinaciones del tiempo y el azar— se despliega en ese duelo a vida y muerte entre el fotógrafo Faulques y su retratado Ivo Markovic y, sobre todo, pone ante nuestros ojos una serie de dilemas morales casi irresolubles.
Antonio Álamo

El pintor de batallas llega al teatro

El pintor de batallas sube a los escenarios

Todo -la vida y la muerte- transcurre entre la Isla de los Ahorcados y Cabo Malo, cerca de Punta Umbría. Y, más concretamente, en el interior de una torre vigía, cuyas paredes están cubiertas por una enorme pintura circular, al pie de un acantilado donde rompen las olas. Una torre vigía que será testigo del encuentro definitivo entre dos desconocidos que, sin embargo, se convertirán en cruciales el uno para el otro.

Arturo Pérez-Reverte adapta una de sus novelas más personales y queridas al teatro. La obra, dirigida por Antonio Álamo, se estrenará, con escenografía de Curt Allen Wilmer y la colaboración del pintor Ángel Haro, el 7 de octubre en el Teatro Calderón de Valladolid

Todo -la vida y la muerte- transcurre entre la Isla de los Ahorcados y Cabo Malo, cerca de Punta Umbría. Y, más concretamente, en el interior de una torre vigía, cuyas paredes están cubiertas por una enorme pintura circular, al pie de un acantilado donde rompen las olas. Una torre vigía que será testigo del encuentro definitivo entre dos desconocidos que, sin embargo, se convertirán en cruciales el uno para el otro. Andrés Faulques -a quien dará vida Jordi Rebellón- e Ivo Markovic -le pondrá rostro Alberto Jiménez- son los protagonistas de El pintor de batallas, el texto dramático escrito por Arturo Pérez-Reverte, basado en su novela homónima publicada en 2006, que el próximo 7 de octubre se estrenará en el Teatro Calderón de Valladolid bajo la dirección de Antonio Álamo, también responsable de la dramaturgia.


Imagínese el lector que se encuentra sentado en un patio de butacas. Y que empieza la función. Se escuchan las olas del mar rompiendo en el acantilado, y también las gaviotas, que chillan volando en torno a la torre. Del fondo emerge Andrés Faulques. Pérez-Reverte lo describe así: «Tiene unos cincuenta años. Espigado. Flaco. El pelo cortado al cepillo le da un aspecto casi militar. Acaba de bañarse en el mar. Se seca el pelo con una toalla y, tras prepararse un café, trabaja en el mural».


Vale. De pronto se oye, a través de un megáfono, una música veraniega que va haciéndose más presente. Mezclado con esta escuchamos la voz en off de una mujer: «Este lugar se llama cala del Arráez, y fue refugio de corsarios berberiscos. Sobre el acantilado puede verse una antigua atalaya de vigilancia, construida a principios del siglo XVIII como defensa costera, con objeto de avisar a las poblaciones cercanas de las incursiones sarracenas. En esa torre vigía, abandonada durante mucho tiempo, vive un conocido pintor que decora su interior con un gran mural. Lamentablemente, se trata de una propiedad privada donde no se admiten visitas...».

¿Quién es ese misterioso pintor? Se trata de un personaje que ha seducido al dramaturgo y director de escena Antonio Álamo, quien se enfrenta a un reto excitante: la dirección del montaje escénico de El pintor de batallas, una de las novelas clave en la trayectoria de película de Pérez-Reverte como escritor. No estamos ante una adaptación de la novela al teatro realizada por algún experto en la obra del también periodista y académico de la Lengua cartagenero, ni ante la adaptación de otro brillante escritor o de un amigo del autor de El maestro de esgrima en quien este haya depositado su confianza. No. Del texto teatral, de la transformación de la novela en diálogo escénico, de la historia que se podrá ver en los escenarios de todo el país a partir de su estreno en Valladolid, el responsable es Pérez-Reverte. Y el resultado es un texto que, leído, se bebe con la ligereza y el placer con la que se acaricia una seda; y que, representado, promete dejar impregnado el patio de butacas de emoción. Reflexión, hostilidad, humanidad, olvido, amor, supervivencia, derrota... Y una gran y sencilla, sin aspavientos, emoción. Por supuesto que con su toque de humor, a modo de la aceituna en el vermú haciéndolo, incluso, más irresistible.

Ese misterioso pintor con el que arranca la historia de El pintor de batallas es, «en realidad, un fotógrafo de guerra, Faulques, que tras treinta años de profesión ha adquirido esa torre en cuyas paredes circulares, enfoscadas de cemento y arena para combatir su progresivo agrietamiento, trabaja en su última foto, en la foto que no pudo hacer: una pintura al fresco con la que pretende desplegar las reglas implacables que sostienen la guerra como espejo de la vida». El conjunto, añade Álamo, «forma un paisaje descomunal e inquietante, sin época, donde conviven el escudo semienterrado en la arena y el yelmo medieval salpicado de sangre con la sombra de un fusil de asalto sobre un bosque de cruces de madera, la ciudad antigua amurallada con las modernas torres de cemento y cristal».

Sí, en efecto, se trata de «una batalla de batallas, edificada sobre los propios recuerdos de Faulques. Proveniente precisamente de ese pasado, Faulques recibe la visita de un desconocido cuyo rostro, sin embargo, ha visto miles de veces. Es el rostro de la derrota: Ivo Markovic, un croata al que disparó con su cámara en Vukovar durante la Guerra Croata de Independencia y con el que obtuvo un prestigioso premio de fotografía».

«El rostro de ese Ivo Markovic», precisa, «dio la vuelta al mundo; la mirada de Faulques y el fugaz y casual instante en el que se detuvo ante él, le hizo famoso, un icono, un héroe de guerra. Ha venido a matarle. Pero antes necesita que comprenda ciertas cosas. También Faulques necesita algunas respuestas y por eso no huirá ni intentará defenderse... Por el momento».

El pintor de batallas es, en su origen, una novela en la que anida buena parte de la experiencia vital y de la filosofía existencial y sobre el arte de un escritor de raza, de un pintor de palabras que construye frescos que consiguen atrapar la mirada del lector y hacer que este emprenda viajes alrededor del mundo y de la condición humana: divertidos, sorprendentes, desoladores, iniciáticos, poblados por aventureros que ponen en juego sus cuerpos y sus almas, que arriesgan y que, en su mayoría, no se conforman con ver partir las naves hacia Troya, sino que se embarcan en ellas. Ya saldrá después el sol o aparecerá para tocarles las narices la más fiera de las tormentas o de las sirenas.

Pérez-Reverte fue reportero de guerra durante 21 años; dos décadas en las que vivió en primera persona, entre otras, la guerra de Bosnia, marco en el que tuvo lugar el asedio de Vukovar por los serbios. En El pintor de batallas, recuerda Álamo, el escritor y periodista, al igual que ya quedó claro en Territorio comanche (1994), se nutre de sus experiencias en el lugar de los hechos: la miseria humana sin tapujos, lo terrible, el puro infierno y el valor de una caricia sobre la frente de un niño asustado.

«La concentración espacial y de caracteres de esta narración la convierten en carne de cañón del teatro», defiende Álamo, para quien El pintor de batallas «no es solo una obra sobre las guerras, sino también un abanico de temas interconectados -la pintura y la fotografía, la experiencia y su recuerdo, el silenciado dolor de las víctimas y sus impasibles testigos, víctimas y verdugos, el amor y su pérdida o las complejas y matemáticas combinaciones del tiempo y el azar- que se despliega en ese duelo a vida y muerte entre el fotógrafo Faulques y su retratado Ivo Markovic y, sobre todo, pone ante nuestros ojos una serie de dilemas morales casi irresolubles».

En El pintor de batallas -¿recuerdan su lectura?- planea todo el tiempo una motivación tan discutible como atractiva, un deseo, un impulso, que sigue latiendo vivo desde que lo pusieron de moda para siempre Caín y Abel. Es decir: «Un hombre viene a matar a otro hombre». Tiene razón Álamo: «Las razones no están del todo claras. Sospechamos que para ninguno de los dos. Ante nuestros ojos despliegan razones, sentimientos y, sobre todo, batallas: historias de sangre, sudor, mierda e infinita crueldad. Historias de hombres, a fin de cuentas».

Perversión

Y si bien El pintor de batallas tiene algo de narración detectivesca, «aquí no se trata tanto de descubrir quién es el asesino -pues el asesino somos todos, o sus silenciosos cómplices- como de indagar en sus razones, en sus almas».

Defiende Álamo que esta historia de Pérez-Reverte «es una prolongada y nada complaciente anagnórisis de la perversión. De lo que nos pervierte. Cada línea ensancha aún más y profundiza el abismo y, al final, se diría que nada sólido ni consistente descansa bajo nuestros pies». «El hombre, dirá Olvido, personaje omnipresente y ausente de la narración, tiene cinco litros y pico de sangre y qué fácil es derramarla. Siglos vertiéndola y no termina de salir nunca. Faulques trabaja en su última foto, en la foto que no pudo hacer», cuenta el director del montaje. Un montaje que nos acerca a unos personajes y una historia que, además del desafío de asomarse sin miedo al corazón de las tinieblas que todos llevamos dentro, ofrecen a lectores y espectadores un caudal poético y plástico, de belleza nada cursi, en la que adentrarse a respirar en mitad de tanta dolorosa verdad. «Al pie del acantilado donde se encuentra la torre y dos hombres rinden cuentas, rompen las olas», cita Álamo. Si se cierran los ojos un momento, se puede escuchar lo hermoso de este sonido que no busca el aplauso de nadie.

Por lo que respecta a la parte artística del montaje -la escenografía es obra de Curt Allen Wilmer, la pintura mural que coprotagoniza la función quedará en manos del artista plástico y escenógrafo murciano Ángel Haro, la iluminación llevará la firma de Miguel Ángel Camacho, y el vestuario es original de Miguel Ángel Milán-, Álamo señala que un espacio escénico semicircular recreará «un suelo realista de estética dura, con restos de hormigón, escombros, arena y con el mobiliario tipo camping descrito en la novela que, de algún modo, se asocia al desolado paisaje tras una batalla». La escenografía incluye también «una escalera de caracol» que sube «hasta un pequeño segundo nivel creado improvisadamente a base de estructura de andamio, donde se ubican los elementos mínimos con los que sobrevive Faulques: el camastro, el baúl, el frigorífico, etcétera».

Por otro lado, «para recrear las paredes de la torre vigía cuelga un elemento de unos 12 metros de semicircunferencia a modo de pantalla/mural agrietado, suspendido en el aire, dejando pasar a los actores por debajo: aparecen y desaparecen en la nada. A lo lejos solo se atisba la oscuridad». Una nada/oscuridad que se convertirá al final en el mar en el que Faulques se perderá para siempre. El agujero negro «por el que puede aparecer en cualquier momento el exsoldado croata crea una intensa tensión espacial».

Respecto al paisaje intemporal en el que trabaja Faulques, con rasgos vagamente cubistas, «en nuestra propuesta», precisa Álamo, «conviven la pintura con el audiovisual, de manera que ese fresco se mantiene vivo hasta el final de la batalla». «Se trata -prosigue- de crear una pintura inacabada pero que, a lo largo de la función, se va completando, así como las grietas que la amenazan». Para ello, informa, «contamos con Ángel Haro, cuyos extraordinarios trabajos [de 2012] sobre las pinturas de Goya nos hacen soñar en la posibilidad de reproducir la pintura en la que trabaja Faulques».

http://www.laverdad.es/ababol/literatura/201604/02/el-pintor-de-batallas-sube-a-los-escenarios.html