21 de julio de 2014

Entrevista en La Verdad, septiembre de 2005



-Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se define como un marino que lee y un lector que escribe. Reportero de guerra durante 21 años por todos los rincones del mundo

-«Quería comprobar si lo que viví en los libros era verdad»-, se alejó del periodismo para leer, navegar y envejecer reflexionando y «porque había perdido la fe en muchas cosas». Autor de 19 libros, entre novelas y recopilaciones de sus artículos de Patente de corso en El Semanal, es uno de los escritores más vendidos y leídos. Titular del sillón T en la Real Academia Española, reconoce que la expresión políticamente correcta no es la que se aplicaría. No se calla ni buceando, y esta entrevista con La Verdad en Cartagena es una pequeña muestra. —Siempre hace referencia a la biblioteca de su abuelo y a los libros que allí descubrió.

¿Se imagina la vida sin ese episodio de su historia?

-Me la imagino, pero, supongo, completamente diferente. Si hubiera nacido en una familia de gente que no leía, posiblemente mi vida hubiera sido muy distinta. Lo que yo soy ahora y lo que he querido ser lo descubrí en los libros; ellos fueron los que me echaron al mar, los que me pusieron a caminar. Si yo me eché una mochila a las espaldas y puse un pie delante del otro fue exactamente porque había leído libros y quería ir a los lugares que esos libros decían que existían y que me pasaran esas cosas. Quería comprobar si lo que había leído en los libros era verdad. Eso, sin una biblioteca, es imposible.

-Siendo cartagenero jugaría a piratas por las rocas y playas a menudo. -Claro.

-¿Emulaba a sus héroes de letra impresa o su imaginación ya pergeñaba fantásticas e intrigantes aventuras en pos de algún tesoro?

-Yo jugaba a eso. Me acuerdo perfectamente, terminar de leer un libro en casa de mi abuelo de vikingos o después de ir al cine a ver una película de balleneros con Moby Dick y, por la tarde, estar jugando con mis amigos en la calle a ser arponero del Pequod o a ser pirata vikingo. Cuando era muy pequeño imitaba las novelas o el cine. Después, me construía mis propias historias. Uno primero vive vidas ajenas; luego, se crea las propias, si tiene suerte.

-¿Cuál era su rincón favorito para estos juegos?, ¿sigue existiendo?

-Yo no vivía en Cartagena ciudad.

Vivía en el valle de Escombreras, un lugar magnífico, rodeado de montes y campo. Salías del jardín de tu casa y estabas en el campo. Yo iba caminando por los montes de Escombreras con mi fusil de juguete al hombro (que me trajeron los reyes una vez), por la parte que está el mar, la parte de Portmán, de los montes y las minas, imaginando que era un explorador, un cazador, el último soldado de un ejército derrotado... Yo qué sé. Y jugaba a esas cosas solo. La ventaja de los que tenemos imaginación es que nos amueblamos el mundo con lo que queremos. Entonces, yo me amueblaba el mundo: para mí cualquier piedra era un enemigo, cualquier árbol era un refugio, cualquier rama o cualquier sonido
era una aventura... La imaginación me ayudó mucho en eso. 


-¿Hacía sus pinitos como escritor ya en su tierna infancia?

-No. Soy un escritor tardío. Hombre, como todos los niños en el colegio redactaba. Pero, claro, yo tenía una ventaja, yo iba a los Maristas, y no era buen alumno, excepto en Literatura e Historia (lo que me gustaba). La ventaja es que como yo leía mucho y había leído ya desde muy niño, tenía mucho vocabulario, tenía facilidad, redactaba bien...
Entonces sin ser escritor precoz y sin ninguna intención de serlo tenía más facilidad para hacer algún poema cuando me enamoraba... Cosas de esas.

-Todos tenemos un libro que nos enganchó a la lectura, ¿cuál fue el suyo?

-Decir un solo libro sería injusto. El día de mi Comunión, tenía ocho años, mi madre dijo que me regalaran sólo libros, y me regalaron todos los clásicos de aventura de la época. Y como los leí casi todos al mismo tiempo... Pero el libro más decisivo para mí, no el primero, fue Los Tres Mosqueteros. Me fascinó por completo, quizá porque en mi casa había tradición: mi padre hasta jugaba a una especie de trivial pursuit de los mosqueteros... Fue el que tuvo más peso en la conformación de mi imaginario noveles-coliterario-aventurero.

—¿Es de esos periodistas que estudió la carrera para darse el gusto de escribir o soñaba desde el principio con ser corresponsal de guerra?
-No, no, yo no quería escribir; yo quería ser reportero. La escritura viene más tarde, como consecuencia de una vida. Primero cojo la mochila y me voy, porque quiero vivir cosas, comprobar si lo que viví en los libros es verdad: si se encuentran esos amigos, esas mujeres misteriosas, esos lugares exóticos, el peligro, la emoción, el valor... Ese tipo de cosas que cuando uno tiene 14 o 15 años admira y desea tener. Yo quería ser un personaje determinado, que no era, y me fui a intentar serlo. Pasé muchos años en esos lugares y, cuando volví con la mochila llena de cosas, dije "voy a escribir". Nunca tuve la osadía estúpida de escribir antes de vivir. Absurdo porque no tienes qué contar.

-Estudió Ciencias Políticas...

-Empecé a estudiar, no lo terminé...

—¿Pensó en algún momento dedicarse a política o...?

-No, no, no. Yo lo estudié como complemento. Sabía que iba a ser interesante conocer historia, política... Quería ser reportero y tenía que tener una formación técnica adecuada, pero jamás se pasó por mi cabeza dedicarme a la política. -¿Cómo fue su primera salida a un conflicto bélico? Un paso difícil. -No la recuerdo de forma especial. Recuerdo pensar: 'Bueno, pues ya estás aquí. Esto es lo que querías, pues aquí lo tienes. Ahora paga el precio. Cuando vi que la guerra era de verdad, que la gente que caía al suelo ya no se levantaba... Pues dije: '¿Querías música?, pues báilala. Ahora tienes que acostumbrarte. Y me acostumbré.

-Desde 1994 se dedica sólo a la literatura, ¿por qué decide alejarse del mundo de la información?

-Por muchas razones, pero, sobre todo, porque estaba cansado. Ya había hecho lo que quería hacer, ya tenía la información que quería tener. Y después..., tenía muchas preguntas sin respuesta; tenía muchas cuentas que ajustar con el mundo y conmigo mismo; había perdido la fe en muchas cosas, entre otras, en el periodismo que yo hacía... Quería navegar, quería leer, quería escribir, quería envejecer reflexionando y el periodismo no me dejaba. La literatura me ayudó. Yo soy un hombre afortunado: primero, porque estuve en esos lugares y volví; y después, porque la literatura me ayudó a salirme cuando me quise salir. Y llena mi vida.

-Montó el pitote en su nombramiento como doctor honoris causa...

-'Monté el pitote' es excesivo. Fue un discurso muy calculado, muy documentado, en el que hablaba de la Cartagena que fue y la que es: la Cartagena que me gusta y la que no. Hablé de las dos. Lo que no podía era hacer un discurso complaciente, diciendo que todo* era maravilloso, cuando no lo siento así. Fue un discurso ponderado.

-Bueno, se montó... ¿No se calla ni buceando?

-Me callo muy a menudo, habitualmente estoy callado (aunque no lo parezca).

-Eso de ser políticamente correcto, no va con usted.

-No, la expresión políticamente correcto no es la que yo me aplicaría, pero tampoco intento ser políticamente incorrecto. No voy por la vida procurando pisar los pies a la gente, procurando crear polémica. Tengo una página cada semana y digo lo que me parece. Para eso está. Y si me preguntan, pues contesto; si no, pues no me preguntes.

-Los incendios asolan la piel de toro, ¿qué les haría a los responsables?

-Pues, depende. Si los cojo en el momento de incendiar el bosque.., volarles la cabeza -dice medio en broma-; si los cojo en frío, pues evidentemente haría que sobre ellos cayese todo el peso de la ley. Lo malo es que la ley, en esas cosas, pesa muy poco.

—Nuevo gobierno, nuevo sistema educativo y la enseñanza, cada vez peor. Se plantean acabar con un buen montón de carreras de Humanidades y la Historia se muere hasta en la Universidad, ¿en qué nos convertiremos?

-Bueno, España lleva en manos de ministros de Cultura analfabetos 30 años. Y eso, a la larga, tiene que notarse. Hoy he leído que España es el país con mayor índice de fracaso escolar en este momento. Lo que me extraña es que a estas alturas todavía haya quien se sorprenda, ¿no? Pero mira, ahí están los responsables. Caminando tranquilamente, jugando a la política... Irá a peor, pero es que la cultura no les ha interesado a ninguno de ellos. Con la cultura no comen los políticos, comen haciéndose fotos en los actos culturales; no es lo mismo.

-¿Por qué juzgan tan peligroso todo ese bagaje cultural que están destruyendo sin ningún miramiento?

-Yo antes pensaba que era deliberado, un plan maquiavélico... Pero no. Es casual. Es mera estupidez. Es simple estulticia. Son estúpidos e inmorales y por eso actúan de forma estúpida e inmoral. Es una consecuencia de su carácter y de su sucio oficio.

—Utiliza sus libros y artículos para saldar cuentas personales: Raúl del Pozo, García Posadas, Eslava Galán, Luis Alberto de Cuenca...

-Cuentas personales positivas y negativas. Pero digamos que es la anécdota, los libros no tienen ese objeto, ni mucho menos.

—Con los millones de lectores que tiene, ¿no le parece excesivo?

-No, en algún momento hago una pesadilla. Pero para un tipo que lleva ya escritas (no sé cuántas), ¿10 novelas? y 12 años de artículos, uno por semana, es una parte ínfima.

—Pero no puede resistirse, ¿no?

-¿Por qué habría de resistirme? De todas formas, te aseguro que no ajusto ni la millonésima parte de las cuentas que me gustaría.

-He leído que tiene más de 15.000 libros en su biblioteca...

-Sí, ahora deben ser unos 16.000.

—Son todos diferentes.

- (Ja, ja, ja,..., estalla en carcajadas).

Hombre, sería absurdo tener 16.000 ejemplares del mismo libro.

-Y, ¿los ha leído todos?

-No, una biblioteca no está para leerla toda, está para tener los libros necesarios en cada momento. Una biblioteca es una compañía, no es un instrumento. Es un entorno en el cual vives. No puedes leerlos todos, ojalá.

—¿Dónde guarda tantísimo libro?

-Pues, en las estanterías y sacrificando lugares para cuadros, para muebles y para otras cosas. Tengo un amigo carpintero que se ocupa; periódicamente va a casa y me rehace los lugares para poder instalar más libros. Además, tiene a punto de honra, mi amigo Pepe El Carpintero, conserve que en donde caben 1.000 libros, quepan 1.200.

Para él es un triunfo y un éxito.

—Se pone de los nervios...

-Yo no me pongo de los nervios, yo me cabreo.

-Bueeeno, pues se cabrea cuando se critica a los autores de best-seller.

-No, no, a mí criticar a Dan Brown me parece bien, o a Paulo Coelho, porque me parecen escritores mediocres. Ahora, criticar libros buenos que se venden bien, eso me parece mal.

-Usted dice: 'Es llamar estúpidos a los lectores'. ¿Piensa lo mismo en el caso de la telebasura y sus millones de telespectadores?

-No. ¿Tú sabes cuál es el peor enemigo de la cultura y de la decencia? La maruja que está aplaudiendo los programas rosas de la tarde, babeando porque su niña está cantando o ha hecho un casting para Operación Triunfo. A lo mejor no tiene la culpa; no lo sabe, pero es ella. Y así es como seguimos metidos en toda esa charca. La culpable, me lo temo, es la maruja.
-Como experimentado periodista y corresponsal de guerra, ¿podría analizar, a muy grandes rasgos, cómo está el mundo?


-No, no tengo esa capacidad de análisis. No soy tan inteligente -sonríe entre dientes- ni tan estúpido como para poder intentarlo.

-¿Cómo cree que vamos a acabar?

-Yo sé cómo voy a acabar, o cómo voy a procurar acabar. Pero cada uno que acabe como quiera, ¿no? De todas formas, mi siguiente novela larga habla exactamente sobre eso. Así que, habrá que esperar hasta marzo para leerlo.

—Recuerda sus inicios...

-Yo empecé a escribir mis primeros ensayos periodísticos en La Verdad de Murcia. Con 15 años venía a La Verdad, a la delegación de Cartagena, con Pepe Monerri, mi maestro (te ruego que lo digas), y aquí empecé a hacer mis primeros pinos. Mi primer olor a tinta y a linotipia fue en La Verdad de Murcia; iba yo a los talleres y entraba en un mundo con 16 años, fascinante. Mi recuerdo está vinculado a eso.

-Y, ¿alguna anécdota de pipiolo?

-Muchas, lógicamente. Por pipiolo me han pasado muchas, hasta los 30 años me han pasado cosas (je, je, je...). Tengo 54 años y canas en la barba y aún soy pipiolo de muchas cosas. Sólo los imbéciles no son pipiolos de nada.

-¿Cómo ve los periódicos, hoy?

-Pues los veo por la mañana, desayunando, muy despacio, paso las páginas... Qué quieres que te diga... Veo periódicos, como siempre. El periodismo es el mismo, lo que cambian son los que manejan el periodismo para sus cosas.

-Entonces, hay que esperar a marzo vivir otra de sus aventuras

-Sí, ahora en octubre sale el libro de artículos de los últimos cinco años, que llevo 12 años escribiéndola página y no he fallado ni un sólo domingo (recuerda orgulloso). Se titula No me cogeréis vivo. Y la novela siguiente, que sale en marzo, es una novela en la que estoy trabajando ahora, la estoy terminando.

-El mar le da la vida. ¿Recuerda la primera vez que navegó?

-Fue con mi padre. En Cartagena había muchos botes de vela latina en la dársena. Cuando era pequeño, los domingos mi padre alquilaba uno y me sacaba a navegar por el puerto, hasta la bocana. Después, en mi juventud, con el piloto, un amigo mío, de esos que se buscaban la vida en el puerto, esa gente interesante que ya no existe. Salíamos juntos a la isla, pescábamos... Pero, la importancia del puerto es mayor. En aquellos tiempos era muy diferente. Venían barcos de todos sitios: ingleses, holandeses, americanos...; bajaban, los veías por la noche con las putas en los bares... El puerto era un lugar donde te asomabas al mundo por primera vez.

—Para usted, ¿qué es el mar?

-Es muy difícil definir el mar. Para mí siempre ha sido un camino y una cuna. Yo soy mediterráneo y para mí eso es fundamental. Cada mar tiene su personalidad y su memoria. El Mediterráneo es el mío, de aquí nace todo, es la cultura. Navegar por el Mediterráneo es navegar por mi memoria, es navegar por una biblioteca: cada piedra, cada ánfora sumergida, cada templo en ruinas, cada atalaya en la costa..., te están contando cosas; y eso es muy interesante e importante. Y, a parte de cuna, el mar es camino, no obstáculo. Así empecé a soñar con ir a sitios, en este pueblo, en este mar.

-Lleva orgulloso el nombre de Cartagena, ¿qué opina de...?

-Orgulloso, pero tampoco soy fanático de estas cosas.

-Y..., ¿qué opina de la rivalidad barrigas verdes / aladroques?

-Es trasladar al patio del pueblo todos los vicios y canalladas de la política nacional. Lo que más daño hace a España. ¿Soy de Cartagena?, sí. ¿Soy murciano?, también. Qué más da. Cuando oigo hablar con el acento de Murcia, con la boca abierta: 'Nena, se te ve er conejo',

-exagera el acento y se parte de risa -

me enternezco. Es la asociación con la patria como lugar en el que creciste. Pero de ahí a levantar banderas y dar golpes en la mesa, hay una gran distancia. 


(Fuente: Blog del Poblado de Repesa)