18 de diciembre de 2014

Se presenta "El Glorioso" en el Museo Naval

(Información procedente de la web de Casa Real)



Entrega al Museo Naval del cuadro titulado "El último combate del Glorioso"




Museo Naval. Madrid, 18.12.2014




Su Majestad el Rey presidió la entrega de esta obra del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, que refleja la última contienda del "Glorioso", legendario navío español que combatió ferozmente a 12 barcos británicos en tres batallas distintas en 1747.





© Casa de S.M. el Rey / Borja Fotógrafos





Don Felipe, acudió al Museo Naval para presidir el acto de entrega del cuadro "El último combate del Glorioso, donde estuvo acompañado por Su Alteza Real Carlos Borbón-Dos Sicilias y Borbón–Parma; el jefe del Estado Mayor de la Armada, almirante general Jaime Muñoz-Delgado y Díaz del Rio, el pintor Augusto Ferrer-Dalmau y el académico que ha colaborado en la obra, Arturo Pérez-Reverte.





Su Majestad el Rey recibe el saludo del jefe de Estado Mayor de la Armada, almirante general Jaime Muñoz-Delgado y Díaz del Río Don Felipe recibe honores militares a su llegada al Museo Naval Su Majestad el Rey saluda al autor del cuadro, el pintor Augusto Ferrer-Dalmau Don Felipe saluda al escritor y académico Arturo Pérez-Reverte Su Majestad el Rey recibe el saludo de Su Alteza Real Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Borbón-Parma Su Majestad el Rey durante la presentación del cuadro por su autor, Augusto Ferrer-Dalmau Su Majestad el Rey junto a Augusto Ferrer-Dalmau, observan el cuadro "El último combate del Glorioso" Don Felipe señala un detalle del cuadro "El último combate del Glorioso" El Rey con el jefe de Estado Mayor de la Armada, el jefe de Asistencia y Servicios del Cuartel General de la Armada, el director del Órgano de Historia.



El lienzo, de grandes dimensiones, recoge el momento en que el Glorioso, navío de 70 cañones comandado por el capitán Don Pedro Mesía de la Cerda, presentó una lucha feroz contra 12 barcos británicos en tres batallas diferentes en 1747.





Especializado en pintura militar, este es el segundo cuadro de Ferrer-Dalmau de temática naval, después del realizado para la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra), titulado "Caza al amanecer", de una goleta española por embarcaciones inglesas. Es un cuadro muy documentado a todos los niveles, para el que el pintor ha recibido la colaboración del escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, gran marino y dueño de una de las mejores bibliotecas de temática naval.










© Casa de S.M. el Rey / Borja Fotógrafos



Patente de corso




No siempre fue una vergüenza





XLSemanal - 16/7/2012





Como saben, me gusta recordar viejos episodios de nuestra Historia. Sobre todo si causan respeto por lo que algunos paisanos nuestros fueron capaces de hacer. O intentar. Situaciones con posible lectura paralela, de aplicación al tiempo en que vivimos. Les aseguro que es un ejercicio casi analgésico; sobre todo esos días funestos, cuando creo que la única solución serían toneladas de napalm seguidas por una repoblación de parejas mixtas compuestas, por ejemplo, de suecos y africanos. Sin embargo, cuando una de esas viejas historias viene a la memoria, concluyo que quizás no sea imprescindible el napalm. Siempre hubo aquí compatriotas capaces de hacer cosas que valen la pena, me digo. Y en alguna parte estarán todavía. Como estuvieron.




Era un navío de 70 cañones y tenía un bonito nombre: Glorioso. Lo mandaba el capitán don Pedro Mesía de la Cerda, y en 1747 traía de La Habana cuatro millones de pesos en monedas de plata. El 15 de julio, cerca de las Azores, el navío se topó con un convoy inglés escoltado por tres barcos de guerra que casi lo doblaban en número de cañones: el navío Warwick, la fragata Lark y un bergantín. En aquel tiempo, un navío de América era un bombón: solía llevar caudales a bordo, así que los ingleses le dieron caza. Manteniendo el barlovento con mucho arte, el Glorioso se batió toda la noche, tuvo un respiro al caer el viento durante el día, y volvió a pelear la noche siguiente: primero dejó fuera de combate a la fragata, que se hundió; y tras hora y media de combate con el Warwick en la oscuridad, sin otra luz que los fogonazos artilleros -los españoles dispararon 1.006 cañonazos y 4.400 cartuchos de fusil-, el navío inglés se retiró con el rabo entre las piernas. Que no siempre Britania, aunque lo venda con trompetas, parió leones.




Sin embargo, la odisea del Glorioso no había hecho más que empezar. Siguiendo rumbo a Finisterre, el 14 de agosto volvió a dar con una fuerza británica: el navío Oxford, la fragata Shoreham y la corbeta Falcon. Como en el caso anterior, los ingleses le fueron encima igual que lobos. Pero el comandante Mesía y su gente eran de esa casta de colegas que aprietan los dientes y venden caro el pellejo. Por segunda vez asomaron los cañones y batieron el cobre como los buenos: después de tres horas de arrimar candela, pese a haber perdido el bauprés, una verga y tener la popa hecha una piltrafa, el Glorioso continuó navegando hacia España mientras los ingleses se retiraban con graves daños.




Fondeó el navío en Corcubión, desembarcando los caudales, y volvió a la mar para reparar averías en Cádiz, pues vientos contrarios descartaban El Ferrol. Y el 17 de octubre, a la altura del cabo San Vicente, volvió a encontrarse con una fuerza enemiga. Esta vez eran cuatro fragatas corsarias con base en Lisboa y bajo el mando del comodoro Walker: King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke, que sumaban 960 hombres y 120 cañones. Inmediatamente le dieron caza, aunque el español, resabiado, no reveló su nacionalidad -treta común del mar- hasta que la King George se acercó a preguntársela. Entonces Mesía izó pabellón de combate y le largó al rubio una andanada que le desmontó dos cañones y el palo mayor. Siguieron tres horas de carnicería muy bien sostenida por el Glorioso; pero al rato se unieron a la fiesta las otras fragatas y dos navíos de línea ingleses que navegaban cerca, el Darmouth y el Russell: seis barcos y 250 cañones contra los 70 del solitario español, maltrecho y corto de gente por los combates anteriores y la travesía del Atlántico. Aun así, el comandante Mesía y su tripulación, a quienes a esas alturas daban ya igual seis guiris que sesenta, se defendieron como gato panza arriba bajo un fuego horroroso durante dos días y una noche. Que se dice pronto. Aún tuvieron la satisfacción de acertar en una santabárbara y ver volar al Darmouth, que se fue a tomar por saco con 314 de sus 325 tripulantes. Y al fin, el 19 de octubre -33 muertos y 130 heridos a bordo, agotada la munición, el barco desarbolado, chorreando sangre por los imbornales, raso como un pontón y a punto de hundirse-, el comandante convocó a los oficiales que seguían vivos, los puso por testigos de que la tripulación había hecho lo imposible, y arrió la bandera.



De tal modo, fiel a su nombre, acabó viaje el navío español Glorioso. Había librado tres combates contra 12 barcos enemigos, de los que hizo volar uno y hundió otro; pero la hazaña final no corresponde sólo a quienes con tanta decencia lo defendieron, sino al navío mismo: remolcado a Lisboa por los vencedores para repararlo e izar en él su pabellón, los destrozos se revelaron tan graves que se negó a flotar y fue desguazado. Ningún inglés navegó jamás a bordo de ese barco.


Revista Mía, 10 de diciembre